Es una época de perplejidad, de violentos fluidos emocionales que se asemejan a súbitos acrecentamientos de vida y son sensaciones que todos hemos experimentado ya que todos los adultos han tenido que pasar por la época de la adolescencia.

Por más centrados y responsables que nos consideremos en el presente, es obvio admitir que esta etapa es más complicada para algunos individuos, que para otros, ¿debido a qué? tal vez a la carga genética que hace que cada individuo sea único, quizás por el entorno social que lo rodea, o a las cargas culturales que lo afectan, lo cierto es que para algunos sujetos esta etapa estriba de tal complejidad que empiezan a padecer trastornos de conducta adolescente.

Donde se produce una actividad devoradora, a la cual sigue un vago aturdimiento, una vez que se encuentra el individuo dentro del ámbito de estos trastornos de conducta adolescente se arroja desde la cumbre de la soberbia que todos los adolecentes poseen a un abismo de innumerables problemas que cada vez van afectándole más seriamente y a veces están tan imbuidos en ellos que ya no encuentran medio de salir de ellos por propio esfuerzo, justo en este punto es pertinente la entrada en escena de un psicólogo que más allá de la voluntad del adolescente, desenvolverá aquellas redes en la que se encuentra perdida la psiquis del mismo.

Además de que hace no sólo posible, sino palpable, el salir de ellas sin intentar romperlas violentamente, actuando de manera tan astuta que al brindarle herramientas al paciente, este sentirá que las soluciones vienen encontradas en su interior y que un psicólogo ha fungido como una linterna en la oscuridad para él mismo encontrar la solución a sus problema de trastornos de conducta adolescente o cuando menos, el poder equilibrarlos de manera que no afecten partes realmente importante de su vida o su futuro.